lunes, mayo 30, 2016

Día del padre....

A vos que también reproducís el machismo, de manera equitativa, junto con las mujeres.

Estoy cansada de escuchar una y otra vez que somos las mujeres quienes reproducimos el machismo. 

Hoy en un taller, una chicas decían, con toda la buen voluntad con la que está empedrada el camino al infierno, que ellas les dicen a las mujeres que son ellas las que reproducen el machismo. Tantas veces he escuchado esto, en mi largo recorrer como feminista, que hoy tuve que parar esa frase, esa idea, tan aceptada por feministas y no feministas y quise -y espero haberlo logrado- llevar la reflexión hacia cómo los hombres educan desde la ausencia. 

Para suerte mía, y lo digo sin pena, mi madre tuvo a bien sacar a mi viejo de la ecuación de la crianza. Luego la vida me daría la oportunidad de conocerlo a él, cuando ella murió, y sin miedo pude constatar que sí, que esa fue la mejor decisión, a pesar de la alta cuenta -emocional, temporal, humana, económica- que mi vieja y mi tía tuvieron que pagar por esa decisión de mi madre. La entendí al conocerlo, pero esa es harina de otro costal. 

A lo que voy es a esa frase, al "las mujeres son las reproductoras del machismo" así, fresco, así, no más, como si los hombres no tuvieran participación alguna en el aparecimiento de niñas y niños en la tierra. Como si ellos, incluso los que se quedan y acompañan, no fueran también entes de socialización y de educación. 

Las mujeres con las que discutía esta tarde, se escudaron en decir que son las mujeres las que le dan a los hombres -padres o hijos- el lugar privilegiado y que es a ellas a quienes hay que educar, que sí, tiene su parte de razón, sin duda. Sin duda muchas siguen pensando que los hombres, sus hijos hombres -o sus acompañantes- son más valiosos que sus hijas y que a partir de ahí se da una reproducción del machismo, pero va, dejemos en paz a las mujeres por un rato y pensemos en los hombres. 

En este mundo hecho para ellos, eso de quedarse o de irse de la paternidad son cosas normales, socialmente aceptadas. Los que se quedan son vistos con alguna deferencia, con esa mirada de piedad que reconoce el esfuerzo que hacen por "mantener" a sus hijos, por darles educación, techo y lo demás. A estos, muchas veces la misma sociedad que los acuchucha, les da el permiso de ser promiscuos, ponedores de cachos, observadores de futbol mientras la vida, la de muchas mujeres, sigue en el trabajo doméstico. No digo -que quede claro- que todos son acomodados, abusivos, violentos, pero sí que muchos de ellos siguen bajo el esquema de que tienen derecho al ocio más que las mujeres porque simple y sencillamente, el espacio privado no es para ellos. 

Pero hablemos de los otros, que son los que más me interesan, los que se van, los que por ahí se acuerdan cada vez que los tragos los atacan, de los hijos que dejaron metidos en la panzas de mujeres que pasaron a ser parte de su bagaje sexual y -de pronto- amoroso. Los que se olvidan, los que creen que el olvido y el abandono son cosa simple, son cosa que pasa y que no están ahí para dar lo fundamental en la vida: amor. 

Si bien los que se quedan, los que crían pueden también ser entes reproductores del machismo, los que se van, lo son más. Lo son porque perpetúan la idea de que embarazar, usar y dejar, está bien. Son esos los que dan a luz a niños y niñas que pensaran que eso es normal, ya sea en su papel de hombres machos o en el papel de mujeres que aceptarán la partida. 

Se reparten tan libremente las culpas que mientras a ellas, a nosotras, se nos culpa de tontas -que creen en el amor, en los hombres-, a ellos se les culpa, casi con piedad, de ser pobres cuerpos llenos de hormonas, llenos de ganas que una sola mujer no puede satisfacer.

En esta dinámica en la que siempre buscamos las culpas, la educación sexual es casi invisible. La gente se rasga las vestiduras cada vez que el tema se plantea y la gente olvida que el darle a los jóvenes la responsabilidad de su propia vida, a través de la información y el diálogo, es probablemente lo que necesitamos para parar esta epidemia de niños abandonados, de mujeres a las que les toca -bien o mal- criar -bien o mal- al montón de chamacas y chamacos que vienen de las relaciones sexuales irresponsables, sin protección. 

El sexo es rico, me dijo mi madre alguna vez, de las pocas veces que tocamos el tema porque ella asumió que yo sabía lo necesario, que era algo rico pero que había que saber a quién se invitaba al propio cuerpo y que la responsabilidad sería mía y de nadie más. Mi tía, algunos años después, me recalcó -supongo que cuando se dio cuenta de que el sexo era parte de mi vida- el asunto de la responsabilidad. Y es que eso de tener chicos no es fácil, no es algo natural per se, como el sexo, sino es algo que requiere ganas, compromiso, reflexión. Lo que pasa es que lo hemos naturalizado. Un simple ejemplo: el día de las madres fui a trabajar y el muchacho del parqueo me felicitó, le dije que no, que no tengo hijos y me preguntó que por qué si dios quería eso para mí, que por eso me había hecho mujer. Sonreí y le dije que a mí dios me quería libre. 

Pero ya, ya me desvié del tema -como casi siempre me sucede- y mejor doy una vuelta y regreso a los padres que se van, que desaparecen y que con eso perpetúan ideas y patrones que nos marcan. La irresponsabilidad extrema que se da en estos casos es sin duda uno de esos moldes mierda que nos atrapan. No solamente se reproduce la idea de que usar y dejar (más si es con encargo "a casette" -diría Mafalda) es algo normal -si no es que algo bueno o natural-, sino que se reproduce la idea de que el amor no es necesario, que a las niñas y a los niños está bien dejarlos así, sin esa otra mitad de la que sin duda se aprende, se reproducen o se cambian ideas. Está bien que las mujeres paran y críen, está bien que ellas solas se ocupen de todo, está bien no ser más que una duda en la noche, una comparación constante que muchas veces se acompaña del cuestionamiento de por qué mi padre no pudo amarme, por qué no me quiso, aunque no quisiera a mi mamá. 

De los amigos que son padres y que hablan de la experiencia de serlo, de estar, quizá lo más valioso es que ellos han crecido y cambiado con la paternidad, que han podido ser el padre que no tuvieron, que han podido echar por los suelos muchas ideas sobre ser hombre o mujer, al ver con estos ojos líquidos y posmodernos, a los seres que se van forjando frente a su mirada, no bajo ella, de su mano, no bajo su puño. 

La paternidad olvidada es uno de los grandes males de la sociedad, de esta, de todas en las que se produce este fenómeno. Así, la educación sexual se da más que nada entre pares o a través del internet y mucho podemos dudar de qué tan educación sea, de qué tanto contribuya a formar gente, no a simplemente darles ideas que luego chocan con la realidad y que les hacen huir, en medio de una sociedad que normaliza el abandono, que no lo habla, que culpa a las mujeres de "abrir las piernas", de dejarse llevar por el pecado, por la carne, por el deseo, por el disfrute y el placer que a veces se encuentra a través del sexo. 

Esta misma sociedad que permite por omisión de sanción el abandono de los niños, su producción sin formación, sin acompañamiento, es la que luego con toda la frescura del mundo culpa a las mujeres que -en medio del trabajo dentro y fuera de la casa- no tienen tiempo para formarse, para reflexionar sobre el impacto que su lucha diaria por ser madres, por mantener a esos niños que vienen de relaciones humanas fallidas, tendrá sobre estos chicuelos. 

Los cementerios son uno de mis lugares favoritos. Para el día de la madre, las flores adornan muchas, muchísimas tumbas, es uno de esos días en los que ir al Cementerio general es seguro, mientras que para el día del padre, son muchas menos las tumbas que se adoran. ¿Qué nos dice eso de nosotros como sociedad? ¿Cuántos hombres enterrados habrán sido padres huidizos? 


sábado, abril 30, 2016

Cinco noches de telenovela

Soy del tipo de personas que pone la televisión como ruido de fondo. Como en la mañana no he dejado de ver las noticias para enterarme del infierno, la tele se queda ahí, en el canal 7. Aunque generalmente vengo por la noche, prendo la tele y busco algún canal light para separarme de los horrores, este lunes no fue así. Encendí el aparato, no cambié de canal y zaz, mientras hacía alguna otra cosa, escuché la voz de un tipo que decía algo como "mami, esta es tu casa, así que acomódate, busca los muebles para decorarla a tu gusto". Como siempre me han dado entre pena y risa esas ideas del hombre 100% proveedor y de la mujer 100% doméstica, volví a la tele y me puse a ver. 

He de decir que como toda buena adolescente, en mis años de juventud miraba algunas novelas, como Alcanzar una estrella, Dulce desafío, Rosa salvaje, Marimar, María la del barrio, etc. La última que vi completa fue Betty la fea, pero esos son otros cien pesos. La cosa es que me siento en la cama y veo a un tipo vestido como de ganga latina, así con actitud de acá solo mis chicharrones truenan y lo que vi luego me dejó pensando en un montón de cosas que me llevaron a la decisión de echarme una semana de telenovelas del 7, en el horario de 8 a 10.

El tipo de la telenovela, que luego declara que es el nuevo jefe de la clica del barrio, tiene secuestrada a una chava que está embarazada y a la que tiene encerrada en la casa, mientras nace el güiro y él se queda con él para criarlo. A eso se sumó toda una intriga entre la mara, literalmente, sobre quién mató al antiguo jefe y toda una línea dramática de sus compas que quieren venganza pero que ahora deben servir al nuevo, dando a entender que el anterior no era tan grueso o que por lo menos algunos le tenían cariñito. La forma como el tipo trata a la chava embarazada es terrible, le pone una guardiana, que resulta ser la hermana de un tipo que cree que el bebé es de él y no del jefe de la clica, a los dos los tiene amenazados y ni modo, hay que hacer lo que dice. Hay acá toda una trama sobre el poder del jefe que recluta chatíos del barrio para obligarlos a delinquir bajo la amenaza de matar a los suyos, si no le hacen caso. 

A todo esto, por supuesto, los malosos están rodeados de mujeres guapas, esculturales que están a su servicio sexual a cambio de estancias en casas con piscina y esas cositas materiales que siempre encantan a las mujeres, según la perspectiva de los escritores de las telenovelas. 

Luego de esta, transmiten una que se llama La señora acero y he de confesar que las tramas se me confunden porque van en la misma línea, la apología de la violencia y de las culturas narco y mara. Esta telenovela, según entiendo, trata de una mujer, ex de un par de polis -supongo que cada uno en un momento distinto- a los que asesinó el narco y que se ve obligada a volverse narca para que no le maten a su hijo -o para que lo salven- porque está enfermo, en toda la semana no me enteré enfermo de qué. Esto la obliga a hacer tratos con narcos, a dar parte de una tranza a la DEA para que tumben un cartel y entonces ella pueda concretar el negocio con el narco que dirigía ese cartel y beneficiar así al que, según entiendo, tiene a su hijo. 

No sé si es en esta o en la anterior, que se llama algo como Bajo el mismo cielo (aunque no sé si lo confundo con el nombre de un best seller), está la historia de un narco que tiene un güiro adolescente, al que tiene recluido en su casa y custodiado por un maloso joven que lo trata mal. Según lo que entendí, el chatío, el hijo, no quiere estar con su tata pero este quiere obligarlo a aprender el negocio. Creo que en esta misma novela, está también la historia de una mujer de un narco a la que el tipo le da una trancazeadas históricas y que la tiene también recluida en una casota, aunque no entendí bien por qué (digo, justificación no hay para la violencia, pero los episodios que vi tampoco van más allá de que el tipo es un desgraciado). Las tramas de las telenovelas son muy lentas, muuuuuuuuuy leeeeeeeentas.

Una vez más, el lujo y el acceso a las mujeres está relacionado a la criminalidad, además del ejercicio de la violencia sin consecuencias, aunque se supone que por ahí hay siempre algún bueno tratando de parar las cosas, pero sin mucho éxito, al menos no en la semana que vi. 

Me llama la atención la participación de las mujeres, como malosas y como víctimas en estas historias. Hay una historia de una chava abusada por su tío alcohólico cuando era chica y que según entendí, recibió una herencia de su madre que hace que el tío vuelva, manipulado por un maloso, para atormentarla. La chava es socia de otras que también se ven obligadas a hacer ondas para beneficiar a los narcos. A estas mujeres, que están asociadas con la señora Acero, las mueve una sed de venganza que no terminé de enterarme sobre qué va pero entendí que entre todas pararán dándole una engañada a los narcos. 

Aunque creo que las personas son capaces de discernir entre la ficción y la realidad, no deja de hacerme ruido el hecho de que muchos, en familia, verán estas telenovelas cada noche. Historias en las que la astucia criminal, si bien representa un riesgo, se ve recompensada con plata y mujeres semiencueradas a disposición. Hay sin duda un cambio de valores, una mutación entre lo que se considera lo mejor, la cultura del mínimo esfuerzo y del ganar la plata de la manera más fácil pasando sobre quien sea. A esto se suma una violencia psicológica y física contra las mujeres, mucho más gruesa que las que veíamos hace años, donde las intrigas estaban más relacionadas a la búsqueda del amors y al encaprichamiento de unos y otros -por obsesión o por interés económico- que llevaban a aquellos dramones de te quito a una mujer o a un hombre y el no, dámelo/a que es "mío/a". 

Me pregunto cuántos chavos y chavas ven esto y lo consideran como una opción de vida, una forma de tener plata, a pesar de los riesgos, cuántos seguirán o pensarán en seguir un camino así para hacerse de unos dineros y símbolos de poder adquisitivo. Entiendo también que no se puede ser más papista que el Papa y andar como la señora del reverendo Alegría diciendo "y quién pensará en los niños", porque claro, la libertad de expresión y el discernimiento de la gente entra en juego, pero no se puede negar que esta serie de novelas sobre narcos transmiten ideas, valores, aspiraciones a los que más de alguien ha de aspirar. La violencia tiene componentes mucho más profundos que la tele, pero esta siembra sobre esa tierra, la abona, al menos un poco. 

En verdad os digo que estas telenovelas me hacen extrañar las que veía de chica, que también tenían sus violencias y que a más de alguien le achicharraron el coco. 

martes, marzo 29, 2016

La macrotelenovela nacional

En verdad os digo que los noticieros parecen programas de anuncios de las series de la macrotelenovela nacional. 

"Corruptos y ladrones: La línea" cuya segunda temporada fue suspendida ayer a causa de la PGN que exige su derecho a participar de la historia. Esto deja también suspendida la telenovela parodia (como la de María de Todos los Ángeles) "El túnel del amosh: de mi cárcel a tu cárcel" protagonizada por la renovada Roxi y el galán OPM y que, desde ayer, vuelve a causar furor en las redes sociales. 

Como toda buena programación, también estamos a la espera de la continuación de la serie "IGSS Anatomy" que, por cierto, cuenta con uno de esos villanos con nombre telenovelesco: Juan de Dios Rodríguez. Dentro de la misma línea de programas relacionados al importante aspecto de la salud, parece que los productores de desgracias en este país, se empeñan en promover el programa "Sistemas de salud asesinos: sin insumos" que es parte de la zaga "Sistemas de salud sociopatas: sin cobertura"y que se encuentra ligada a la ya tradicional serie "Médicos en emergencia: la gloria de la vocación" protagonizada por personal médico y de enfermería que sigue atendiendo a los enfermos a pesar del colapso. 

Debido a que la tragedia vende más que la felicidad, parece que los directores del país están empeñados en darnos toda clase de cápsulas televisivas llenas de sangre: "Bomba en el autobús", "Niñas desaparecidas", "Acribillados", "Maras a la conquista del territorio", son solo algunas de las historias de horror -y casi nunca de justicia- que vemos todos los días en la franja estelar. 

Esta semana, además, tuvimos dos programas especiales de deportes: "Linchamiento de un comentarista" y "El Pescado en el Jet Set" con la aparición estelar de la doñita del pelo corto que quería ser presidenta. Estos quizá sean programas medidores de audiencia para corroborar, una vez más, que el fut es amansa bobos y criador de machos. 

Por otro lado, y en la sección de historia, ya reinició "Genocidio en Guatemala" aunque sin la presencia de su protagonista que se encuentra con quebrantos de salud, pero que contará con las escenas patéticas de siempre de sus representantes. Esperamos que tenga un final tan alentador como "Sepur Zarco: la victoria de las mujeres".   

En la sección de violencia contra las mujeres, tan popular en cualquier programación que se respete, estamos a la espera de la temporada final de las historias de "Cristina Siekavizza: esta vez no te escapás, Roberto" y "Nancy Cruz: bailaré sobre tu sentencia", en las que son necesarios finales felices con la condena de los villanos Roberto Barreda y Ofelia de León -en la primera- y José Eduardo Pérez Morales -en la segunda- que se unirá a sus compinches, Jorge Alejandro Díaz y Ho Ying Tong. En esta misma línea, esperemos que pronto inicie la serie "Adolfo V. Hall: la tradición de la violación debe terminar". 

Enmarca todo esto, el show de comedia trágica "Un presidentítere de a sombrero" que cuenta ya con famosos capítulos como "Escondo el gabinete", "Un maestro un escritorio", "Discúlpate con la selec" y como el reciente protagonizado por su patiño "No enseñes las piernas ni el escote, solo los pies cuidaditos".

Vaya programación, vaya país el que tenemos. Por lo menos no nos ponen bombas en la estación del metro que no tenemos, ni hay terroristas, dirán algunos televidentes. Ojalá quisieramos de nuevo ser protagonistas, como hace un año... ¿se acuerdan?

Lástima que no sea sólo tele. 

sábado, marzo 12, 2016

Cinco días light: día 5 (un día después)

Cuando la cabeza decide dar vueltas sin parar, lo único que puede hacerse para no perder la cordura es parar. Respirar. Ver un poco de tv basura y dormir. Vi el Roast a Charlie Sheen, me reí un poco, no mucho y pude dormir para iniciar el último día de obligarme a ser light. 

Día 5: 11 de marzo 2016

En la mañana me levanté un poco tarde, sin duda la risa logró relajarme un poco más de la cuenta y vaya, tocó poner el café, meterme a bañar, prender la tele en el canal del lightness perpetuo y enterarme que Shakira andaba de visita en Disney y que a Eugenio Derbez le dieron su estrella en el paseo de Hollywood (¿quitarán y pondrán estrellas o ya irán por la doble fila?). Nada extraordinario. Llegué justo a tiempo al parqueo, saludé al canche que cuida de mi auto y todavía me animé a ir por un croissant con frijoles al isopan. El café, que sólo en la mañana puede calificarse de regular como en toda oficina, no estaba listo aún, así que volví con un vaso con agua hasta mi lugar de trabajo y me senté a revisar un proyecto. A las 9 había reunión con el jefe. Hablamos de las vainas del chance -y cuando digo vainas son lo bueno y lo malo- y la luz comenzó a fallar, a encenderse y apagarse como si el edificio estuviera poseído y al borde de las dos de la tarde, luego de comer pizza, nos dio permiso de salir antes. Dos horas antes, es toda una bendición (sí, uso esa palabra en este tipo de circunstancias), más si se trata de un viernes (y el cuerpo lo sabe).

Como sana práctica de oficina, nos fuimos a tomar unas chelas, según nosotros a las cien puertas pero vaya, a la hora que llegamos estaba cerrado y no quedó otra que quedarse en otro de los barcitos (¿barsuchos?) del pasaje. Hablamos de la chamba, de las cosas que se dan en las comunidades, de las ondas de la oficina, mucho de lo que no se puede hablar dentro de las paredes de la ofi y hablamos de otras cosas, de la adolescencia, de gente que conocemos en común, de experiencias de chamba pasadas. En realidad se trata de un lindo grupo de gente, de gente que ve el mundo y que ve Guate de una manera similar a la mía, con el alma y con la razón en una constante lucha. Creo, sin lugar a equivocarme, que quizá lo más lindo de este trabajo ha sido esta gente.

Mientras la charla transcurría y bebíamos una jirafa de cerveza entre varios, cerveza aguada que seguro era ice, pensaba en el pasaje como era antes. En las historias que vivimos ahí con la gente de la U hace, uffff, hace ya un chingo de años. Pensé en uno de esos amores que se ha quedado en mi vida, a quien conocí ahí y que, como cosa rara para la forma fría y acuariana como termino mis relaciones, sigue siendo parte de mí. Pensé en los momentos en los que el pasaje me parecía lindo, tranquilo, con cafés en los que se podía hablar y no había que adivinar -como ayer, aunque la pary no había iniciado aún- las palabras de los interlocutores en medio del reggaetón que salía de dos de los locales. A la hora en la que estábamos, los casi únicos presentes eran los meseros de los locales, que cada vez que alguien entraba al pasaje, se abalanzaban sobre ellos para ofrecer a mil por segundo, las ofertas de bebidas espirituosas para esa noche. Cuando una chava iba entre el grupito que se aproximaba a buscar un lugar donde beber, las miradas de los meseros en manda se iban tras su trasero -supongo que para no afrontar a los chavos que las acompañaban y que, desde la lógica de los machos en grupo, es el dueño de la chava que va con él-. Asqueroso comportamiento tan arraigado en la cultura.

Tuve que irme más o menos temprano por algunas obligaciones con las que aún debía cumplir. Ya por la noche vi a una querida amiga y hablamos de mil cosas, desde su niño, hasta el tinder que estuve explorando en el celu de una cuata hace una semana. A todo esto, sigo teniendo como fantasma que persigue, la imagen del funeral, la sensación de miedo que me dio estar en ese lugar y la sensación de pesadumbre que se ha instalado en mi cabeza y que me hace pensar una y otra vez en cómo llegamos a esto o si, como me decía una querida amiga hace un par de días, la historia de la humanidad está llena de muertes, de grupos delictivos que se encargan de sembrar miedo. Sigo pensando que al final de cuentas, se trata de un problema de Estado y de capacidad de satisfacer las necesidades de la gente que lo conforma y a quien se supone deben proveer medios para acceder a sus derechos básicos de alimentación, vivienda, educación, salud, ocio. No sé, seguiré con estas cosas dándome vueltas en la cabeza.

Ayer fue quizá el día más light de mi experimento. Sigo pensando que quizá el ser light y un tanto  -o un mucho- desprendido de las cosas que pasan alrededor es parte de la crianza, de la manera como se aprende a ver el mundo desde la infancia. Al final, yo también vivo en una burbuja en la que puedo optar por no ver -o ver- partes del mundo que no me gustan, una burbuja que me protege la mayor parte del tiempo y que, al menos hasta el momento, no ha reventado del todo. Por años me he dedicado a leer y pensar sobre la guerra en Guatemala, esa que dicen que terminó hace casi 20 años pero que al final de cuentas sigue, sigue ahora con la maña de los gobiernos de meternos a los militares. Sigue con otros "enemigos" que -como en la guerra- podemos llegar a ser todos, sigue sin estar completamente declarada. Se me enchina la piel de pensar que estas olas de violencia no pararán, que se viene una ola de represión tremenda que quizá lleve a fortalecer aún más el pensamiento de que el que muere de manera violenta en este país es, casi siempre, gente "metida en algo".


jueves, marzo 10, 2016

Cinco días light: día 4

Me enfermé. Me sentí mal todo el día a pesar de que hice la misma rutina de los días anteriores. Mi cabeza andaba volada y sí, puse de nuevo el programa de chismes y la radio, pero no, no pude cantar y no, no fue por sesudas cavilaciones, más bien por un estado de suspensión con la imagen de lo de ayer, fija, muy fija y el miedo. 

Día 4: 10 de marzo 2016

No, no podría decir, al menos no por la mañana, qué canciones escuché en la radio, ni cuál de los caminos seguí para llegar al chance y esas cosas. Me tocó, por suerte, un día de oficina, metida toda la mañana hablando de un proyecto y luego de otro. Así todo el día, todo el día viendo como si estuviera ¿dentro o fuera? de una pecera, pasar a la gente que corre apresurada de un lado a otro de la oficina. 

Algo me cayó mal, asumo, del almuerzo. Vomité un par de veces, discretamente porque eso de hacer el espectáculo público cuando el cuerpo rechaza la comida, nop, no me gusta. Dormí poco, así que mi cuerpo no andaba en las óptimas. Tuve que suspender un par de cosas que tenía en la tarde y vaya, dormir. La promesa del sueño fue quizá lo que me permitió volver a casa medio cantando, creo que una de Vilma Palma que me late que están de moda de nuevo. En el camino, cuando ya venía pensando en la almohada, se me disparó el pensamiento light frente a una tienda de disfraces feos, muy feos. Con el tráfico me quedé varada frente al lugar un buen par de semáforos y pude ver a una mamá amarrando una corbatona de mariachi en el cuello de un niño que no parecía ni satisfecho ni infeliz por tener que disfrazarse. Me pregunto para el acto de qué le habrán pedido que se visitiera así, si estamos tan lejos del día de Guadalupe. Otros disfraces, uno de superhéroe y uno de romano con esponja en los pectorales me sacaron una sonrisa y me fijé en las puntadotas en los ruedos de los vestidos principescos a lo Blanca Nieves y lo Cenicienta y me acordé del vestuario de una adaptación de la Casa de Bernarda Alba que vi hace un par de años y la que las telas de los vestidos de las actrices y las puntadotas en los ruedos, me impidieron fijarme más en las actuaciones. Triste la realidad de casi todas las obras de teatro que he visto en los últimos años, que recurren a estas tiendas de disfraces y a las pacas para conseguir trapos que más o menos -más menos que más- ayuden a la caracterización de los personajes. 

El tráfico avanzó hasta la esquina donde también hay una venta/alquiler de disfraces y ahí vi los que rentan para esta época, supongo que a gente a la que le toca salir en vía crusis y ese tipo de representaciones. Por un momento pensé que quizá el niño del traje del mariachi era parte de algún espectáculo así, pero luego recordé que no, no es navidad tampoco como para que, en todo caso, un mariachito pueda reemplazar quizá a un pastor en la pastorela. Me reí, me reí a carcajadas -quizá necesitaba reírme de la idea del dios que sacamos a pasear en esta época, ya crecido y sacrificado- pensando en la incorporación de un mariachi al vía crusis, atrás de poncio pilatos o tocándole las golondrinas -o ya de paso México lindo y querido- a Chisus en la cruz. No sé, la risa me dio un poco de alivio. 

Me siguen dando vuelta en la cabeza las imágenes de ayer, así que me voy, a ver tele, algún programa light de cambio de imagen o de perritos cachorros que hacen cosas que nos enternecen. 

miércoles, marzo 09, 2016

Cinco días light: día 3

La mañana estuvo de nuevo llena de noticias de famosos y de canciones en el auto. Todo pintaba bien, incluso el llegar a la ofi y ponerme a revisar metodologías de marketing aplicadas al cambio social, que sí, no es tan light pero se trata al final de cuentas de "vender" ideas, mensajes. Nada durante el día, me preparaba para la tarde. 

Día 3: 9 de marzo 2016

Luego de la pequeña reunión sobre líneas de acción para transmitir mensajes de cambio social, la cosa pintaba bien. Un taller por la tarde con mujeres de una comunidad vulnerable de la ciudad sobre el día de las mujeres, hablar de roles de género, esas cosas que nos encantan a las feministas. Iba yo armada con papelógrafos y una metodología que según yo sería un éxito. Habíamos almorzado en una cabañita que está al cruzar la calle, una cabañita inclinada de la que me pregunté qué diría CONRED de evaluar el riesgo de la misma y en sobre la que pensé que en época de lluvia, quizá no me animaría a comer ahí por el riesgo de un deslave. Comida rica, a buen precio y burócratas de corbatas y blusas brillantes, metidos en su corre corre de tengo que almorzar para volver a la ofi a seguir con la chamba y el brillo en los ojos de los comensales solitarios que, como yo en algunos días, sueñan con que esa hora, ese tiempito para ellos en medio de la jornada laboral, se haga eterna para poder pensar -o no pensar en nada-. 

Volvimos y quedaba media hora antes de partir, comencé a revisar un proyecto y a hacerle preguntas al compa que me lo envió sobre cosillas técnicas. A las 2 en punto, estábamos frente al eterno elevador para bajar al sótano y salir a empoderar mujeres. Diablos, empoderar mujeres suena tan fácil, llegar y hablar sobre derechos, sobre luchas, sobre el ser. 

Tomamos el camino de siempre, íbamos riendo y hablando sobre cosas mundanas, light un poco, pensando en la refa -unos panes con pollo es-pec-ta-cu-la-res- y en pasar a buscar a las compañeras. Fuimos por una de ellas a donde nos reunimos casi siempre -y donde, de manera extraña, hay una sensación de paz y tranquilidad- y la reunión de hoy era a unas calles de ahí, unas dos o tres, no sabría decir bien cuántas por este desorden urbano en esas áreas. Nos habían prestado un salón dentro de una parroquia, así que todo pintaba bien, en todo caso, tranquilo. 

El auto enfila hacia la parroquia y frente a nosotros un grupo de muchachos, de muchachos de pandilla. Un silencio se apoderó de todos los que íbamos dentro. El silencio del peligro, el silencio de esas ganas de salir corriendo pero de no poder, de no deber. Por supuesto las cosas se alborotaron alrededor del auto. El chófer de la ofi me vio con unos ojos que no olvidaré y me preguntó a qué hora volvía por mí. Le dije y nos bajamos, sonreí con unas de las chicas -porque también había mujeres entre el grupo- y les dije buenas tardes. Sonrieron y respondieron. Adentro se celebraba una misa de muertos. Dos días antes habían matado a dos de estos muchachos, ignoro en qué circunstancias y por qué razones. Adentro, se escuchaba el rumor de la voz del cura y del platicar de los hombres y mujeres que estaban esperando fuera de la iglesia a que saliera el cortejo hacia el cementerio. Tuve miedo, mucho, pero me dejé llevar por Mónica, mi compañera de trabajo, y su temple de paz, su energía blanca que me dio eso, un poco de paz al centro de mi miedo. 

Subimos hasta el tercer nivel, lugar donde estaba el salón que ocuparíamos y que estaba cerrado. Esperamos frente a la puerta, en el corredor. La vista hacia abajo: la salida de la iglesia. Llegaron los de la refa, seguro acostumbrados al ambiente. Nosotras hablábamos de otras cosas, de cosas del taller, de la vida, para evadir -quizá- el miedo. Por dentro rezaba, sí, porque, aunque muchos no lo sepan, creo en una fuerza universal que de alguna manera a veces me da protección, seguridad en que la vida aún no se me acaba, que no me escapo de ella. 

Luego de unos minutos, quizá diez, quizá más, comenzó a salir un poco de gente de la iglesia. La escena fue... fue... fue muchas cosas. Luego del primer grupito de personas, salieron los ataúdes, cargados por muchachos, por muchachitos de la misma edad, quizá más jóvenes algunos que mis estudiantes. Las energías que fluían por el ambiente eran fuertes, muy fuertes. Tristeza, rabia, ira, fuerza, subían por el aire y se metían en mis pies, en mi cuerpo, en mi conciencia. No pude parar las lágrimas, no pude, gente, no pude. Pensar en esos chicos, que son eso, chicos, que por mil circunstancias de las que de alguna manera todos somos responsables, se ven en la situación de enterrar a los suyos a edades tan jóvenes, por razones tan violentas. Pensar en esos chicos y pensar en mis chicos de la U, pensar en la mierda, sí mierda de país que hemos permitido que la indiferencia construya. Pensé en estos muchachos, llevando a cuestas quizá su propio destino, Pensé en mis niños, porque de alguna manera todos los estudiantes son un poco de uno, en que al final de cuentas ellos se desarrollarán en un país en el que sus coetáneos no tienen oportunidades y que esa realidad, el que los demás no puedan desarrollarse, les afectará, tarde o temprano, como nos afecta ya. 

Tras los cajones blancos iban estas mujeres, mujeres llorando y pensé en la Magdalena, en María como se ven en las licas de semana santa, acompañando a sus muertos, a sus vivos que quizá pronto sigan ese mismo camino. Y no, no digo que estos chicos sean santos, pero seguro sus caminos han estado minados de falta de recursos, de oportunidades y ha sido eso más que una propensión al mal, más que los ejemplos de violencia de la tele, lo que los ha llevado a buscarse en estos grupos. Mientras miraba el grupo partir, sólo podía pensar en los cuerpos dentro de los ataúdes y les hablé, les hablé como les hablo a mis muertos, para decirles que reencarnen en seres de luz, en otros cuerpos, en otras energías, quizá en otras latitudes. 

Supe que tenía que cambiar el taller, que no podía en esas circunstancias hacerlas pensar en los roles y en la violencia que hay en los mismos. Que quizá y aunque lleve más tiempo, el camino debe ser distinto, un poco más de encontrarse en ellas, un poco más de hacerlas ver hacia un futuro que si se construye entre todos, quizá sea mejor. Quizá. 

Hablamos de la historia de las mujeres, de los trabajos dentro y fuera de casa, del valor que hay en esos trabajos y de encontrar un momento, en medio de la rutina, para pensar en ellas. Debo ahora pensar en ellas, en la estrategia de trabajo para la semana próxima, para ir introduciendo los derechos de a poco, sin generar confrontaciones en una sociedad que, como ya sabemos, está llena de violencias y en donde el Estado no, no responde, simplemente no responde, no se da abasto para responder, no sabe cómo responder. ¿Cómo trabajar con ellas sin ponerlas en riesgo? 

No, no fue un día light. No puede ser un día light, aunque intentaré seguir con mi autoexperimento, no puede porque no es un país light, es sólo un país violento con distracciones y algunos pequeños espacios light.  

martes, marzo 08, 2016

Cinco días light: día 2

Dormí mejor. No sé si sea la práctica de no ocuparme de las noticias ayer por la noche, de no haber despotricado en el tráfico por las opiniones violentas que se escuchan en muchas de las radios nacionales a la hora de los programas que permiten que muchos -aunque a veces son los mismos- llamen y compartan sus pensamientos un par de veces al día. Lo cierto es que dormí mejor. 

Día 2: 8 de marzo 2016
Empecé el día de las mujeres con la misma práctica de ayer, café y programa de chismes de famosos. Así me enteré de que Messi es considerado el consentido del equipo en el que juega (que no sé cuál es), que sigue el escándalo por lo de la Kardashian y que la realeza vacaciona en los Alpes. ¡Ah, también supe de un tipo al que mataron en un rito que accedió a hacer porque le prometían volverse vampiro! Yo también soñaba con ser vampira mientras leía a la Anne Rice entre mis 16 y 19 años, pero jamás se me hubiera ocurrido que eso, la inmortalidad, podría ser una opción. Al final de cuentas, en ningún programa se escapa uno de la violencia. 

Me subí al auto y, de nuevo, nada de noticias. Pop-rock light en una estación dedicada a canciones del recuerdo que para mí son como de ayer (vaya con la edad). Canté la de "quién es, soy yo, qué vienes a buscar, a ti, ya es tarde, por qué, porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti" y la otra de "dueño de ti, dueño de qué, dueño de naaaada, un arlequín que hace temblar tu piel sin aaaalmaa" antes de que se pusieran a hablar un tipo y una tipa sobre el día de la mujer, que más me sonó al día de la madre, pero me aguanté, me aguanté toda la cosa y como buena mujer light, me tragué algunas llamadas y lecturas de mensajes en los que se agradecía a las madres, en las que se llamaba hermosas a las mujeres, en las que se hablaba del privilegio de ser madre. Por suerte el tráfico no fue mucho y después de unos 10 mensajes pasaron a la siguiente canción. Llegué a mi destino cantando la de "dejame, dejame que te toque la pieeel, ua uoooooooo". 

Las primeras horas del día fueron un tanto extrañas, un tanto limbo, así que no hablaré de ellas. Mejor me centro en la oficina y al llegar que un compañero me recibiera sonriente con aquello de "feliz día de la mujer" creo que la otra tanda de sandeces en la radio, mientras manejaba hacia la ofi, me sacó un rato de mi papel light y le dí, eso sí menos dura, una charlita sobre el día de las mujeres y le expliqué por qué no se debe felicitar. Es buena onda este compa, el Dr. y bueno, está siempre dispuesto a escuchar, a aprender a ser mejor persona dice él. Me simpatiza y hablamos un rato del asunto y de otras cosillas. 

Por la tarde me tocó ir a la presentación de una unidad de género de un ministerio. Acá, luchaba entre ser o no ser light pero asumí el papel y me distraje viendo las flores rosadas, además de pensar en las muchachitas tan blancas y lindas y flaquitas que estaban en posición de estatua a la entrada del evento, vestidas con trajes regionales indígenas, así como muñequitas. Aunque bueno, había también un muñequito con unas nalguitas muy simpáticas. También me distraje comparando mentalmente las tonalidades de lila y morado que las asistentes llevaban. Esta mañana, sin pensar en el día de las mujeres me había puesto una blusa morada, que cambié al último momento, luego de plancharme la recién cortada cabellera, pensando en que era muy informal y debía ir a ese evento. Opté por una azul, comprada a la carrera en Guadalajara luego de que me perdieran la maleta. 

La cosa es que el evento se fue llenando de mujeres. Los hombres, casi ausentes eran guaruras, reporteros, uno que otro funcionario y el maestro de ceremonias. Ahí pude ver de cerca a la mujer del actual presidente y cual presentadora de chismes, pensé que está cada vez más canche y que le hizo falta una retocadita de maquillaje antes de sentarse a la mesa. 

Hasta ahí, todo muy bien, todo muy light porque la ropa me distraía, pero inició el acto. El maestro de ceremonias, cuya voz me sonó muy conocida y ha de ser de esas voces viejas de la televisión nacional, comenzó con la bienvenida y se dirigió a la audiencia con el término de "queridas damitas". Eso hizo que no pudiera seguir en mi papel light por más que el sastre de shorts de una de las reporteras me distrajera y me hiciera pensar en que se ve horrible ese tipo de conjuntos, pero bueno, ella muy bien, muy tranquis y eso no me permitió seguir pensando en lo mal que se veía, es más, hasta creo que sentí un poquito de envidia al pensar que se sentía empoderada en un conjunto tan desastroso. En fin, volviendo al maestro de ceremonias, el hombre, luego de soltarse un par de ondas en la misma tónica que el "damitas", comenzó con las salutaciones al público y curiosamente, aunque la audiencia estaba en, quizá, un 95% compuesta por mujeres, se refirió a "estimados señores", no dijo nunca señoras. Luego del himno -que no canto ni por el cual elevo mi mano a la altura del corazón, sino del hígado-, pasó al podio la directora de la reactivada unidad y leyó una presentación de power point en lugar de aprovechar la oportunidad para echarse un buen discurso. Supongo que no sabía bien qué decir. Por suerte la chava de la ONU sí lo hizo, sí habló del rollo de la paridad y de que había sido puesta en duda su capacidad y que alguien en un diario había cuestionado si ella estaba en ese puesto por ser mujer o por una cuestión de cuotas. Dijo, acertadamente, que en el congreso los diputados están ahí por mil motivos antes que por capacidad. 

Aplausos, la de la ONU se sienta y de nuevo el maestro de ceremonias que se echa una de aquellas de que en los viejos tiempos se obligaba a los hombres a respetar a las mujeres, que los padres antes enseñaban buenas costumbres y dijo, como ya había mencionado en la entrada de su discurso, que la juventud guatemalteca está como está por la transculturización, claro, los chapines somos perfectos y si viviéramos aislados del mundo, con toda seguridad este sería un país más seguro, sí pues, cómo no. Ajá, sí, sí. 

Cabe decir que el hombre dijo eso porque vaya, la unidad no es solamente de género (que por supuesto la gente, incluso los del ministerio asocian con mujeres), sino de niñez, juventud y multiculturalidad... casi, casi le ponen de "minoría de edad" por aquello de que se piensa que tanto mujeres, como niños, jóvenes y personas indígenas no saben tomar decisiones por sí mismos...

Ya la cabeza me estaba dando vueltas y la lucha entre ser o no ser light parecía perdida. Por suerte el acto terminó y pude volver a casa cantando de nuevo. 

lunes, marzo 07, 2016

Cinco días light: día 1

Decidí probar, luego de la bomba en el bus de San José Pinula, de la cabeza dejada frente a una alcaldía, un lichamiento y cosas similares de fin de semana, volverme unos días light. Probar qué se siente ser como los que no dicen nada al respecto y siguen compartiendo fotos de picnics, de zapatos, de hijos, sin pensar en que en un momento -quizá más cercano de lo que nos gusta pensar- los espacios para picnics, los zapatos lindos, los nenes desaparezcan bajo el caos que cada día construimos. Acá el relato del primero de esos días, escrito al anochecer, cuando vuelvo a ser la yo que analiza las cosas y se ve en perspectiva.

Día 1: Lunes 7 de marzo 2016
Contrario a la rutina diaria que inicia con el café de la mañana acompañado de las noticias que desde tempranito insertan la paranoia y la reflexión sobre lo que pasa en el país y más allá, decidí tomar el café con un programa sobre chismes de los famosos como ruido de fondo. Me enteré que una de las Kardashian (¿se escribe así? no sé cuál porque deshacerse de la práctica de pensar no es fácil) escandalizó a las redes con una foto en pelotas, no como dios la trajo al mundo porque apuesto que no nació con silicona en el cuerpo. También me enteré que se estrena -más bien, se estrenó- la tercera parte de Kung Fu Panda (no he visto ni la uno, ni la dos) pero parece que fue todo un acontecimiento con alfombra roja y vestidos de lujo que serán deshechos una de estas noches por el Fashion Police (que no es tan bueno desde que murió la Joan Rivers -sí, sí, algo light hay por naturaleza u opción en mí-). Supe además, en el tiempo que me quedaba antes de salir a la chamba, que Paulina Rubio, la chica dorada (adorada por uno de mis grandes amigos) es madre por ¿segunda vez? (vaya, no, no sabía que ya tenía un chamaquito). 

Luego, tocó subirse al auto y evadir toda noticia, ir en el tráfico acompañada de música -pop en español de los 80's para ser más coherente con mi grupo etario- y cantar aquello de "siempre, siempre, siempre hay un pretexto" y la otra de "a tantos sueños compartidos noooo, yo no renunciareeé" . Debo confesar que esta parte me costó menos, quizá por la serie de recuerdos y sonrisas que esas canciones me sacaron, me dio un poco de paz. Normalmente iría escuchando reacciones a las noticias del fin de semana, incluyendo las llamadas a la radio que hacen un llamado a la aplicación de la pena de muerte y esas cosas. 

Estacioné y fue un día bastante normal, porque del chance sí no me libro de tener que pensar en los otros y en el caos, pero esta vez me enfoqué en revisar proyectos, corregir la redacción de los mismos y simplemente verificar que cumplan con los requisitos mínimos. A medio día la disyuntiva de pensar qué almorzar, un par de chambres y risas sobre cosas de lo más normales, como las nalgas de alguien por ahí que le encantan a unas y a mí me ponen nerviosa pero no en plan sexual sino estético. Luego una reunión sobre ondas conceptuales y ya. De nuevo afuera. 

De nuevo el auto y de nuevo evadir los programas de opinión o de noticias de la radio. Unas muchas canciones -pop, rock light-en el tráfico y hablar de género con estudiantes de antro y socio. Hablamos de la formación light respecto a ese tema, abarcando las caricaturas y las ideas que se tienen sobre ese otro del otro género que se tienen en la adolescencia, sobre el consumo de cremas y productos de belleza y sobre -porque es imposible escapar a la reflexión- las imposiciones sociales sobre el cuerpo y la conciencia que se crean desde la educación social y la institucional. 

Finalmente vuelvo al auto, pienso en pasar al súper pero me da pereza y pienso que tengo huevillos en la refri y que con eso bastará por hoy. Pienso en el día y sí, sin duda, ha sido uno un poco menos lleno de preocupaciones por el país. 

A ver cómo me va en los próximos. 

martes, febrero 16, 2016

De esto de las enmiendas a la ley de juventud y del peligro del infierno, sí, del infierno...

Las enmiendas a la Ley de Juventud que tienen en suspenso a parte de la población y que desata acaloradas manifestaciones de puritanismo que nos advierten del peligro del infierno, son sin lugar a dudas necesarias. Solo para tener en claro las enmiendas, acá un pequeño resumen: 
  • Se pide incluir en el artículo 5: el derecho a la educación integral en sexualidad y el derecho a una vida libre de estigmatización y de discriminación. 
  • En el artículo 10, garantizar el acceso a los métodos anticonceptivos modernos, a la planificación familiar y a la consejería especializada.
  • En el artículo 11, que se garantice la educación integral en sexualidad, con enfoque de género, científico, de derechos humanos, laica y libre de prejuicios, estigmas y discriminación. 
Aunque el acceso a los anticonceptivos, a la planificación familiar y a la información ya son parte de otras leyes, lo que parece poner el pelo de punta a curas, pastores, monjas y a un montón de adultos conservadores es la mención de las palabras laico, científica, libre de prejuicios, género (el gran demonio) estigmas y discriminación. Todo esto porque esas palabras -ahhh el poder de las palabras- abre la puerta a que la juventud pueda concebir su relación con su cuerpo, con su sexualidad y con otros, lejos de los conceptos de culpa y pecado. 

Quizás es que las iglesias y allegados saben que la educación, apartará a parte de la población de sus edificios y congregaciones, ya que con la información científica se quitará del alma de muchos la necesidad de sentirse redimido. Dará más libertad y más libre albedrío a los hijos e hijas de dios y esto, claro, no es un buen negocio. Tampoco es un buen negocio, pensarán muchos, que dejemos de producir mano de obra barata que ensanche las filas del comercio informal, el trabajo en call centers y otras entidades de esclavitud moderna como maquilas de todo tipo y por supuesto, del tráfico ilegal de personas y el crimen organizado. Ni buen negocio es tener una población que consciente de su cuerpo, se haga consciente de lo político, porque sí, por ahí empieza buena parte de la conciencia política, si no vean la historia de las luchas feministas. 

Pero esto ya ha sido discutido por muchas personas en las últimas semanas y sin duda seguirá llevando a muchos a debatir, gritar y profetizar una sodoma y gomorra al estilo chapín. Así que mi punto no va por ahí. 

Tengo el privilegio de ser docente, de tener cerca a muchachas y muchachos que salieron hace poco del cole. Uno de los ejercicios que toca hacer con uno de los grupos, donde tengo a mi cargo personas entre los 20 y los 23, es hablar sobre la educación sexual, porque sí, es parte de la educación que -buena o mala, con mirada de pecado o de libertad- se tiene a lo largo de la vida. ¿Quién los educó y quién les habló de estas cosas? pregunté hace un par de semanas en clase y la respuesta no distó mucho de la que conoció mi generación. Mientras nosotros lo hablábamos más o menos en secreto y la explorábamos a través del porno -pelis y revistas- y de uno que otro libro de ginecología que un compañero llevaba, estos chicas y chicos se informaron a través de Internet, quizá teniendo acceso así a una información -a veces- más completa pero que no deja de ser impersonal. Los más afortunados tuvieron padres o maestros -curiosamente nunca los de biología- que con poca o mucha pena, les dijeron dos o tres cosas pero que no mencionaron la culpa o la vergüenza como parte de la ecuación. La educación sexual se redujo a los ciclos de la ovulación y del esperma, a la eyaculación y al embarazo y el desarrollo del embrión. También incluía mensajes como "guardarse para la persona indicada" -especialmente dirigido hacia las chicas- y "explorar lo más que pudieran" -dirigido a los chicos-. Ahí paró para la mayoría y fue la propia experiencia la que los llevó a cometer sus errores y a más o menos librarse de las culpas. 

Tengo otro grupo, uno de estudiantes recién salidos del cole, entre los 17 y 19 años con quienes toca hacer mesas redondas y debates. Uno de los temas que salió, luego de que todos se apelmazaran en dos o tres temas que harían desgastantes las mesas redondas, fue el de esta ley. Lo propuso una persona y los demás quedaron con cara de desconcierto a pesar de que se trata de una ley que los involucra directamente. Hice un pequeño sondeo y no, nada, solamente uno de ellos había escuchado hablar sobre el asunto y los demás, no tenían idea de qué iba, ni siquiera de que se estuviera discutiendo la ley en el Congreso. Seguí sondeando, les pregunté quién les había hablado de estos temas y la mayoría refirió que era algo que en el cole se evitaba, que los padres también lo evitaban y que en todo caso, era a través de las iglesias que sabían que no tenían que meterse "en esas cosas". Los más afortunados habían recibido pláticas -a las que los padres autorizaban o no que asistieran- por parte de alguna organización. Acá, se les habló de anticonceptivos, esencialmente y de nuevo sobre ovulación, esperma y embarazo. Ninguno se animó a decir si les habían hablado de erotismo, de masturbación, de identidad sexual o de diversidad sexual. A ninguno de ellos parece que les han hablado del derecho a disfrutar de sus cuerpos como una parte normal del desarrollo. A todos parece que también se les dieron mensajes de guardarse o de disfrutar, según su sexo. 

Una parte de mí, en los últimos días, estaba asustada por el hecho de que esta ley fuera más que nada defendida por adultos -y al menos en mis redes, más por aquellos afines a una ideología de izquierda-. Ahora pienso que parte del obstáculo para encontrar apoyo masivo para estas enmiendas, es que los mismos jóvenes parecen no estar enterados o que quizá ellos mismos reprimen su interés por conocer más de estas enmiendas y de las leyes que garantizan su educación en estos temas, al sentir que pueden ser percibidos por sus pares como libertinos, putas y huecos. 

La educación que recibimos está plagada de la idea de la perfección espiritual que idealmente rechazaría el contacto sexual como parte del culto a dios. También nos transmiten la idea de que el sexo si se disfruta es sucio y pecaminoso, y que su función es esencialmente la de dar hijos al mundo para criarlos con los mismos preceptos con los que fuimos educados. 

No soy madre y algunos me dicen que es por eso que no entiendo, que no logro captar que el peligro está en que los y las muchachas se vean atrapados en los placeres carnales, pero esto acaso ¿no es subestimar a la gente? ¿no es coartar su libre albedrío dado, si se quiere pensar así, por dios? Supongo que para los padres pensar en sus retoños encuerados y gozando ha de ser una imagen que quieren alejar de sus cabezas, pero lo cierto es que la mayoría lo hará en algún momento. 

Me pregunto entonces si ¿los padres de familia consideran que amar a sus hijas e hijos es que se vean atrapados en relaciones que quizá no sean satisfactorias por un embarazo? ¿o que se contagien con alguna ETS? ¿o será que piensan que para los hombres es una ventaja no sentirse responsables de un chicuelo o chicuela que viene en camino porque no quisieron usar condón, porque claro, eso no es de hombres? 

Espero que las enmiendas pasen, pero más que nada, espero que la gente deje de tenerle miedo a sus propios cuerpos, que dejen que sean sus hijos -inteligentes y preparados- los que decidan cuándo y con quién es el momento de experimentar lo sexual, sin miedos, sin culpas, sin el peligro de ser estigmatizados. 

jueves, enero 07, 2016

De comida y maniquíes

Tengo una nueva chamba, pero no es eso lo que viene al caso. Al caso vienen esas exploraciones que se hacen en los lugares circundantes, los comedores, las tiendas, los parqueos, la paca. Esta chamba está cerca de un par de centros comerciales de esos destinados a trabajadores de oficina que tienen, al menos dos veces por semana, la “oportunidad” de comer en algún lugar de comida rápida.

Sí, pongamos “oportunidad” así, entre comillas porque es de esas oportunidades que son de naturaleza dudable. Tuve hasta hace un tiempo un novio dedicado al engorde. Sí, esa era su vocación suicida y la pasión de su vida. Tuve la suerte de separar mis sentimientos –que he de decir se comenzaban a ahogar entre la grasa acumulada en su abdomen- y salir corriendo, como  me dijo un médico, lo más pronto posible de ahí. Pero bueno, ya me perdí y esto del gordo viene y no viene al caso. Viene porque yo antes pensaba así, qué rico comer de esa basura de vez en cuando porque sí, esa saturación de grasa y de sodio hace feliz a las papilas gustativas. Lo que no viene al caso es de hablar de cómo mis sentimientos se perdieron gracias a su vocación de engorde. 

Estaba entonces con lo que viene al caso, eso de la “oportunidad” de comer al menos un par de veces por semana en un lugar de estos porque dio hueva hacer el lunch, o hubo que venirse en bus y qué hueva cargar la lonchera, o porque es día de comer comida chatarra, así ya oficializado. La cosa es que en primer día en este chance, luego de comerme mi loncherita y con aún una media hora de tiempo libre frente a mí, decidí ir a dar una vuelta para ver  la oferta en el centro comercial que está más cerca, en busca de un café –porque como en todas partes el café de oficina es un asco- y de algo en qué pensar.

Creo que tendría, fácilmente, un par de años de no poner un pie en un food court, que le dicen. Mientras subía las gradas, el olor a fritura y condimento me inundó la nariz, me llenó los pulmones e hizo que inmediatamente el monstruo interno se pusiera a gritar que quería algo de comer, pero el panorama al terminar el paseo por las gradas eléctricas me desalentó –por suerte para mí y lástima por el monstruo-, porque los olores que al entrar al centro comercial y subir las gradas, se sentían de manera sutil, al llegar al corazón del lugar era un carnaval descontrolado de olor a grasa. Pollo campero, Taco bell, Subway, Guachitos, Al Maca, Ándale, Patsy, Chinito Veloz, un lugar de comida cubana, El cafetalito, Dominos ¿o Pizza Hut? Y sin duda algunos que se me escapan.

Además del café, la vuelta tenía  por intención ver si -aparte de los dos comedores cercanos en los que se puede tener un almuerzo casero por 20 a 25 pesos, para cuando se me olvida la lonchera o me dé pereza prepararla- había un lugarcito decente dónde comer algo medianamente bueno –no se confunda, seguramente las condiciones sanitarias de esos lugares son igual o peores que los comedores- sentarse a ver gente y escucharla. El olor, las colas de mara esperando su bandeja de grasa-carbohidrato con enseñadito de verdura (sí, así son) me provocan sentimientos encontrados.
Por un lado, me da una pena ver a la gente atragantándose de esa comida y no, no es que esté yo súper fit, porque como  diría mi madre, siempre he sido buen diente, pero al menos sé que no como porquería. Me da pena porque para muchos hacer eso, comer esa comidita llena de sodio y grasa, es una forma de sentir que se tiene un poco de poder adquisitivo, así se trate del menú económico del lugar de turno. Por otro lado, me provoca morbo porque bueno, desde las mesas, que dan al centro y desde otras que están en el piso de abajo, la gente se queda viendo lo que está puesto sobre los maniquíes de los almacenes, también de clase media, que simulan gente flaca, muy flaca.

Pedí un café y vi un grupito de mujeres que estaba por terminar de comer, estaban justo en esas mesas que dan para las gradas eléctricas y desde las que uno puede ver las vitrinas. En lo que esperaba el café, rogaba por que me diera tiempo de tenerlo entre las manos y seguir a las mujeres que vieron sus relojes y –supongo- constataron que aún tenían un tiempito para babosear. Sí me dio tiempo. Bajé tras ellas, haciéndome la vil res, y  las seguí para ver sus rostros de admiración al ver la ropa de tela strech que se veía ya socada en los maniquíes y que a algunas de ellas las haría ver como tira de longas colgadas en la carnicería. Sí, qué pura mierda soy, pero es cierto. Eran, las tres, de esas mujeres que se socan el pantaloncito y que hacen algo, aún no sé qué, para dejar la lonja arriba del cincho, así la blusa cubre las porciones de pizza y las piezas de pollo acumuladas.

Como todo morbo, el morbo de seguir gente para fijarse en este tipo de cosas es una lata. Una lata porque uno escribe sobre esto y se da cuenta de que vaya, qué pura lata es, criticando las lonjas ajenas, los hábitos alimenticios ajenos y las aspiraciones a ser flaco cual maniquí con trasero de J.Lo, también ajenas. Lo bueno, por otro lado, de este tipo de morbo es que lo hace a uno pensar en cómo nos manejan y en cómo estamos tan lejos de ser una sociedad desarrollada. Por lo que comen los conoceréis, debería decir algún dicho. Nos venden comida mierda, llena de porquería a un precio que parece barato pero que a la larga sale más caro que el almuercito en comedor casero. Nos combinan la ilusión de “darnos un gustito” con la ilusión de caber en esa ropa socada en el maniquí, así nos meten en un círculo vicioso: como, engordo, quiero algo de ropa, no me cabe, me deprimo, como, engordo, quiero ropa, etc.  y en algún lugar, en medio de todo eso, la publicidad nos bombardea con equipos de ejercicio, membresías de gimnasio, píldoras que ponen floja a la mara del estómago, cremas, electrodos, todo lo que nos permita pensar que podremos, como en los sueños, comer sin engordar y vestirnos como los maniquíes con trasero de J. Lo.