De comida y maniquíes

Tengo una nueva chamba, pero no es eso lo que viene al caso. Al caso vienen esas exploraciones que se hacen en los lugares circundantes, los comedores, las tiendas, los parqueos, la paca. Esta chamba está cerca de un par de centros comerciales de esos destinados a trabajadores de oficina que tienen, al menos dos veces por semana, la “oportunidad” de comer en algún lugar de comida rápida.

Sí, pongamos “oportunidad” así, entre comillas porque es de esas oportunidades que son de naturaleza dudable. Tuve hasta hace un tiempo un novio dedicado al engorde. Sí, esa era su vocación suicida y la pasión de su vida. Tuve la suerte de separar mis sentimientos –que he de decir se comenzaban a ahogar entre la grasa acumulada en su abdomen- y salir corriendo, como  me dijo un médico, lo más pronto posible de ahí. Pero bueno, ya me perdí y esto del gordo viene y no viene al caso. Viene porque yo antes pensaba así, qué rico comer de esa basura de vez en cuando porque sí, esa saturación de grasa y de sodio hace feliz a las papilas gustativas. Lo que no viene al caso es de hablar de cómo mis sentimientos se perdieron gracias a su vocación de engorde. 

Estaba entonces con lo que viene al caso, eso de la “oportunidad” de comer al menos un par de veces por semana en un lugar de estos porque dio hueva hacer el lunch, o hubo que venirse en bus y qué hueva cargar la lonchera, o porque es día de comer comida chatarra, así ya oficializado. La cosa es que en primer día en este chance, luego de comerme mi loncherita y con aún una media hora de tiempo libre frente a mí, decidí ir a dar una vuelta para ver  la oferta en el centro comercial que está más cerca, en busca de un café –porque como en todas partes el café de oficina es un asco- y de algo en qué pensar.

Creo que tendría, fácilmente, un par de años de no poner un pie en un food court, que le dicen. Mientras subía las gradas, el olor a fritura y condimento me inundó la nariz, me llenó los pulmones e hizo que inmediatamente el monstruo interno se pusiera a gritar que quería algo de comer, pero el panorama al terminar el paseo por las gradas eléctricas me desalentó –por suerte para mí y lástima por el monstruo-, porque los olores que al entrar al centro comercial y subir las gradas, se sentían de manera sutil, al llegar al corazón del lugar era un carnaval descontrolado de olor a grasa. Pollo campero, Taco bell, Subway, Guachitos, Al Maca, Ándale, Patsy, Chinito Veloz, un lugar de comida cubana, El cafetalito, Dominos ¿o Pizza Hut? Y sin duda algunos que se me escapan.

Además del café, la vuelta tenía  por intención ver si -aparte de los dos comedores cercanos en los que se puede tener un almuerzo casero por 20 a 25 pesos, para cuando se me olvida la lonchera o me dé pereza prepararla- había un lugarcito decente dónde comer algo medianamente bueno –no se confunda, seguramente las condiciones sanitarias de esos lugares son igual o peores que los comedores- sentarse a ver gente y escucharla. El olor, las colas de mara esperando su bandeja de grasa-carbohidrato con enseñadito de verdura (sí, así son) me provocan sentimientos encontrados.
Por un lado, me da una pena ver a la gente atragantándose de esa comida y no, no es que esté yo súper fit, porque como  diría mi madre, siempre he sido buen diente, pero al menos sé que no como porquería. Me da pena porque para muchos hacer eso, comer esa comidita llena de sodio y grasa, es una forma de sentir que se tiene un poco de poder adquisitivo, así se trate del menú económico del lugar de turno. Por otro lado, me provoca morbo porque bueno, desde las mesas, que dan al centro y desde otras que están en el piso de abajo, la gente se queda viendo lo que está puesto sobre los maniquíes de los almacenes, también de clase media, que simulan gente flaca, muy flaca.

Pedí un café y vi un grupito de mujeres que estaba por terminar de comer, estaban justo en esas mesas que dan para las gradas eléctricas y desde las que uno puede ver las vitrinas. En lo que esperaba el café, rogaba por que me diera tiempo de tenerlo entre las manos y seguir a las mujeres que vieron sus relojes y –supongo- constataron que aún tenían un tiempito para babosear. Sí me dio tiempo. Bajé tras ellas, haciéndome la vil res, y  las seguí para ver sus rostros de admiración al ver la ropa de tela strech que se veía ya socada en los maniquíes y que a algunas de ellas las haría ver como tira de longas colgadas en la carnicería. Sí, qué pura mierda soy, pero es cierto. Eran, las tres, de esas mujeres que se socan el pantaloncito y que hacen algo, aún no sé qué, para dejar la lonja arriba del cincho, así la blusa cubre las porciones de pizza y las piezas de pollo acumuladas.

Como todo morbo, el morbo de seguir gente para fijarse en este tipo de cosas es una lata. Una lata porque uno escribe sobre esto y se da cuenta de que vaya, qué pura lata es, criticando las lonjas ajenas, los hábitos alimenticios ajenos y las aspiraciones a ser flaco cual maniquí con trasero de J.Lo, también ajenas. Lo bueno, por otro lado, de este tipo de morbo es que lo hace a uno pensar en cómo nos manejan y en cómo estamos tan lejos de ser una sociedad desarrollada. Por lo que comen los conoceréis, debería decir algún dicho. Nos venden comida mierda, llena de porquería a un precio que parece barato pero que a la larga sale más caro que el almuercito en comedor casero. Nos combinan la ilusión de “darnos un gustito” con la ilusión de caber en esa ropa socada en el maniquí, así nos meten en un círculo vicioso: como, engordo, quiero algo de ropa, no me cabe, me deprimo, como, engordo, quiero ropa, etc.  y en algún lugar, en medio de todo eso, la publicidad nos bombardea con equipos de ejercicio, membresías de gimnasio, píldoras que ponen floja a la mara del estómago, cremas, electrodos, todo lo que nos permita pensar que podremos, como en los sueños, comer sin engordar y vestirnos como los maniquíes con trasero de J. Lo. 

Comentarios

MM Girl ha dicho que…
Es la triste realidad en una sociedad que te discrimina por ser gorda, pero si no puedes comer en donde todos comen, entonces tampoco pertenece uno al grupo. De lo mejor que he leído en mucho tiempo.

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