La infancia... feliz o pinche infancia


Esta fue mi primera lonchera :)

No pensaba escribir hoy, no, para nada, hasta que la radio, mi fiel compañera, me hizo reflexionar sobre esa idea de la infancia como la etapa ideal, como esa etapa en la que no hay preocupaciones y todo es felicidad. Luego de escuchar a una buena docena de personas dar su opinión sobre este día -día del niño/niña- me pregunto ¿qué es lo que se extraña? ¿la falta de responsabilidades económicas? ¿la falta de penas? ¿la falta de compromisos? Y no, no pretendo hacer una apología de la infancia -pobre y trabajadora infancia- de este país, que como muchos sabemos y como otros quieren obviar, está súper jodida, sin oportunidades y sin una perspectiva muy amable que digamos, sobre el futuro. 

No, más bien voy a remitirme a mi propia experiencia como niña, más bien como persona, personita, que fue así como me crió mi madre y esa es la parte feliz de la infancia. 

Personas, eso éramos para ella, mi hermano Marcelo y yo. Mi mamá, Anabelle, nos leía libros para adultos. Una vez, alguien, creo que mi madrina o mi tía, nos regaló una colección de libros con cuentos para niños, los clásicos de Perrault y Grimm y algunas adaptaciones amables -sin muertos de por medio- de las Mil y una noches. Inmediatamente mi madre los puso hasta arriba en la librera y siguió con los relatos de Poe, Hesse, Bocaccio, Pushkin, Ionesco y Shakespeare. Creo que ella sabía que en la literatura estaba la vida, que esos libros, con sus cuentos de horror y sus pasiones, aprenderíamos más que con las adaptaciones de los cuentos clásicos, que sí conocimos pero con la Caperucita no rescatada, con los tres vestidos y las peripecias de la Cenicienta cuya historia de relaciones con sus hermanastras es más tenaz que la versión disney. Y no, tampoco digo que esas lecturas de mi madre, nos hicieron superdotados, pero al final de cuentas, sí hicieron menos duros esos días de infancia, de alguna manera había una reflexión primaria, si quieren, de por qué las cosas no eran precisamente amables durante esta etapa. 

La infancia es el primer contacto con este mundo, con los egos y los conflictos propios y de los otros, pero antes de entrar a esta tenebrosa característica, he de decir que otra de las ventajas que creo tuvo mi educación -tan experimental como loca, chalada, fuera de lo común como mi madre- fue que no hubo separación de géneros. Sí, Marcelo tenía más juguetes masculinos y yo amaba las barbies desde chiquita y tuve cualquier cantidad de ellas y de parafernalia asociada a los roles de las mujeres, pero quizá porque eramos él y yo, creciendo en un edificio del centro, sin vecinos niños, sin amiguitos, ni parque cercano, jugábamos juntos. Así, yo usaba sus carros y robots (me encantan los carritos de construcción) y Marce jugaba conmigo y las muñecas. También un par de veces -y como yo tenía el pelo corto, súper corto para evitar las jalonadas de pelo en la madrugada- intercambiamos ropa pensando que engañaríamos a todo el mundo. Mi madre, por supuesto, nos seguía el juego y jugaba con nosotros como si fuera una niña. Le dábamos vuelta a la mesa y entonces teníamos un barco, un globo, una nave espacial. El relajo, al contrario que en otras casas, era parte de ser niño, a ella no le importaba que las sábanas se convirtieran en banderas, en velas, en capas de invisibilidad. También un par de veces nos permitió inundar la casa y jugar a patinar. ¿Disciplina? Naaa, jamás, eso sería algo que aprendería luego, a través de la literatura. La imaginación y la falta de separación de géneros -heredé parte de la ropa de mi hermano- hizo quizá que desarrollara algunas características asociadas normalmente a lo masculino y mi hermano al revés. Somos personas, más allá que hombre y mujer, niña y niño. Marcelo cocinaba, yo plantaba árboles, los dos jugábamos a ser sastres, aventureros, políticos, guerreros, presentadores de noticias, personajes de radionovelas. 

Lo que fue terrible, lo pinche para mí, uffff fue el cole. Al inicio, cuando sólo Marcelo iba, yo soñaba con acompañarlo, así que cada tarde, Coralia, la mujer que nos cuidaba mientras mamá trabajaba, me preparaba una mini loncherita de Fisher Price -roja, con escena de granja- con un sandwichito y un termito mínimo de fresco, que llevaba para comer mientras esperábamos el bus del cole, ahí por la Lotería Santa Lucía. Pero entrar, comenzar esta etapa fue terrible, especialmente luego de los cinco años. 

Más o menos, y por un error/horror médico, comencé a cojear a los cinco años. Esto, sumado a tener sólo mamá, vivir en el centro (que muchos de los niños asociaban con ser pobre) y no tener auto, fueron argumentos, motivos más bien, para que me chingaran, me jodieran, me martirizaran durante años. Habré pasado unas cinco o siete veces por el quirófano a lo largo de la infancia/adolescencia, pero no, los niños son inmisericordes y cualquier diferencia es un motivo para remarcar, para hacer sentir mal a los demás. Son, me parece, las primeras demostraciones de poder (además de los berrinches, claro) y vaya si a los niños no les encanta, al menos con los que crecí los primeros años, hacer gala de ese poder. Pasé buena parte de la infancia metida en los baños para que no me jodieran, luego, cuando ya sabía leer más o menos de manera fluida, encontré en la biblioteca, especialmente debajo del escritorio de la bibliotecaria en turno, un lugar para refugiarme. Las bibliotecarias siempre me protegieron, quizá porque era gente que amaba los libros y entendían de alguna manera, que era lo único que me salvaría. Ya lo decía mi Máster, la literatura salva. 

Más de alguna vez, las niñas -fueron más las niñas que los niños, quienes hicieron de mi vida infante una calamidad- me proponían jugar con ellas, pero zaz, cuando contenta me unía, me daba cuenta que todo era para tenerme más cerca y joderme más. Una vez me quitaron los zapatos y me obligaron a entrar a la clase y tomar un borrador de My Melody de alguien, como condición para devolvérmelos. Lo hice. Me robé el borrador y se lo día a la niña que, ayudada por un cerotillo, me quitó los zapatos. 

Creo que a los ocho o nueve años, habrá sido mi entrada definitiva a la biblioteca, y pasaría ahí los próximos ocho o nueve años, hasta que gracias -muchas gracias- a que me troné el año, caí con la generación con la que me gradué, que fue maravillosa en muchos aspectos. Pero antes de que esto sucediera, ahhhhh la chingadera no paró. Que si los juguetes no eran los mejores, que si no tenía la ropa de moda, que si cojeaba -y sí cojeaba mucho, tenía 13 centímetros de diferencia entre una pierna y otra, ahora tengo 3- que si mi papá no me quería y que por eso me había dejado, que si mi mamá llegaba a traernos en bus algunas veces, que sí... . Los niños son horribles, pueden serlo. Quizá por eso es que aún no sé si quiero o no tener uno o dos o ninguno. No lo sé. 

Y no, tampoco es que me haga la víctima, digo, de eso aprendí a escuchar, a observar y sí, aunque me dolía y no entendía por qué no me querían y por qué me jodían tanto, comencé a disfrutar ser espectadora, nada más ver cómo los demás jugaban, cómo se chingaban entre ellos, como lo disfruto ahora. Eso lo hacía durante las recreaciones pequeñas, las de 10 o 15 minutos. A medio día era que me refugiaba en la biblio, pero en la pequeñas, me sentaba, lo más cerca del monitor que podía, para que no me jodieran. Es quizá por eso que disfruto terriblemente de ir a sentarme a un lugar lleno de mamás "bien" que hablan y pelan a la gente, que se creen superiores a otros tan sólo por su condición económica, porque claro, mis compañeros eran en parte un reflejo de sus padres, en parte reflejo de lo que veían, oían y vivían en sus casas. No los culpo, igual tuve amiguitos, especialmente en el bus, que de alguna manera era una forma de clasificación social. Íbamos todos los del centro en el mismo y de ellos es de quienes mejores recuerdos tengo. 

A lo que voy es, ¿piensan los padres cuando lo están criando a uno?, ¿piensan en que uno es una pequeña esponja que absorbe no sólo conocimientos escolares, sino actitudes, prejuicios, rencores, formas de ver la vida? Estoy segura que muchos de los que me jodían, era porque ahhhhh quizá yo era un canal para sus frustraciones, para esa perfecta vida en familia que no era tan perfecta, ni tan familia. Me pregunto si se tiene la conciencia, como padre/madre, que esas cosas absurdas llenas de prejuicios y de odios, que se enseñan a los niños pueden ser fuente de martirios para otros, más débiles, más tímidos, que no saben por qué un hijueputilla los chinga. 

De todas manera, hoy que es día del niño-niña, tengo que decir que va, de alguna manera agradezco las chingaderas, me hicieron muy tímida pero superar eso uffff ha sido -y sigue siendo- una de los retos más gratificantes de mi vida, además que todos esos jodones, me enseñaron desde muy peque a reflexionar sobre por qué, por qué la vida es así, por qué la gente es así, por qué un millón de cosas... al final la combinación feliz-pinche, me hicieron lo que soy. 

Volver, no sé, volvería a los juegos y a mi mamá, que la sigo extrañando un chingo a ufff 17 años de su muerte... pero jamás, jamás volvería al cole, si no creo que correrían el riesgo mis compañeros de que esta vez, esta vez sí no me dejara...



Comentarios

PJ ha dicho que…
bello! feliz día para tu niña interior...
Anónimo ha dicho que…
Ya viste Lord of the flies?
Denise Phé-Funchal ha dicho que…
Hace años la ví y hace décadas leí el libro uggg jeje, pero sí, esos clanes de niños... terrible
Anónimo ha dicho que…
Esperaba encontrar algún texto relacionado con el 1 y 2 de noviembre. ¿será que todavía...? ¡se le extraña!
Denise Phé-Funchal ha dicho que…
Ahhhh lo tengo abandonado el blog y el cementerio... este año no pude ir... saludos.
Anónimo ha dicho que…
insisto: ¡se le extraña! ojalá escribiera más seguido aquí. [por cierto: me gustó mucho Buenas costumbres]
FR

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