Las buenas costumbres


Mamá hablaba de mi hombre ideal. De cómo habría de cuidar de mí; de las cosas dulces que al oído me iba a decir. De las noches de luna tomados de la mano, de los presentes, de los helados.
Mamá decía que podía encontrarlo iba en el supermercado, en el cine, en el banco, en la calle, en un Rolls Royce; que sería un hombre alto, guapo, con ojos azules o verdes, de dientes blancos, de pecho ancho, de largas manos, de pies delgados; sensible, romántico; con futuro, quizás ingeniero, médico o pastor.
Mamá decía que a los veinticinco debía tener: dos años de casada, mucama, al menos un hijo, un perro, una buena vajilla y no pagar alquiler.
Mamá decía que de nada me serviría estudiar, que dejara la medicina sin dejar de ir a la facultad, que seguro allí al hombre ideal iba a encontrar, pero que seis años de estudio, la maestría y el trabajo no me iban a ayudar.
Conocí a Manuel que me tomaba la mano, a Andrés en un banco, a Mario en el cine, a Augusto en el supermercado, a Miguel en un Rolls Royce; a Antonio que era ingeniero, a Nicolás que me regalaba helados, a Daniel que era abogado y a Alberto que era pastor.
Mamá decía que Manuel no me cuidaba y que lo de Andrés no era profesión; que Mario era muy pobre, que Augusto era judío y Miguel, conductor; que Antonio era muy feo, que Nicolás era artista, que Daniel era abogado y que Alberto, jugador.
A los veinticinco trabajaba en el hospital, no había encontrado al hombre ideal y vivía con mamá.
A los veintiséis iniciaba la maestría, no tenía mucama y vivía con mamá.
A los veintisiete no tenía un hijo y vivía con mamá.
A los veintiocho cerraba traumatología, no tenía perro y vivía con mamá.
A los veintinueve trabajaba en emergencias, no tenía vajilla y vivía con mamá.
El día de mis treinta, encontré a Manuel que era médico, dos meses después a Andrés en el supermercado, a la semana a Mario en un Rolls Royce; diez días después a Augusto que me invitó a un helado, en diciembre a Miguel que me tomó de la mano, en enero a Antonio en el banco, a la semana a Nicolás en el cine, en mayo a Daniel que era abogado y ayer a Alberto predicando desde su balcón.
Hoy cumplo treinta y uno y tengo al hombre ideal. Sobran algunas partes que luego he de desechar. Ahora está en la tina rodeado de frío y de silencio; mi hombre ideal. Caderas y piernas de Manuel, cabeza de Andrés, ojo azul de Mario, verde de Augusto, dientes de Miguel, pecho ancho de Antonio, largas manos de Nicolás, nada de Daniel que es abogado, pies delgados de Alberto y el cerebro de mamá que sabe cómo debe ser mi hombre ideal.
Tengo que pensar en el niño. Manuel, Augusto, Mario y Alberto eran padres. Tengo que pensar en el perro, en la mucama, en comprar una buena vajilla.
Sólo una cosa me hace respirar tranquila, no debo preocuparme por el alquiler.

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