15


Nunca sé exactamente cuándo fue. Aún no tengo el valor para volver al diario de esos días y corroborar la fecha. Pasaron ya –o en un par de días- 15 años y todavía la siento caminando por allí, hablando con las plantas, tomando el sol con enormes lentes, parada junto a la librera o pintando tirada en el piso.

La extraño y creo que es de esas sensaciones de vacío que nunca pasan. A veces cuando el insomnio me atrapa, me gustaría volver a ser pequeña, despertar para ir al cole, dejar que lo bañaran, vistieran, alimentaran a uno, pasar de nuevo el calvario escolar, pero volver a tomar su mano para ir a la parada del bus. Caminar a las 5 y media de la mañana por el centro casi vacío, con algunas carretas de chicles arrastrándose a lo lejos. Caminábamos seis cuadras, hasta la esquina de la 3ra y 4ta y ella nos contaba historias, nos hablaba de las costumbres de los mendigos, de la señora loca que de nuevo se había escapado del asilo y que las monjas llegaban a traer cada cierto tiempo a la esquina de la casa, de Secadiablo el vendedor de panes afuera del cine Variedades. Cuando encontrábamos una ventana abierta, había parada obligatoria. Espiábamos, imaginen qué hace la gente que vive acá, nos decía y creo que Marcelo y yo pasábamos el resto del día pensando en eso. Llegábamos por la tarde y nos atendía la abuela, por lo menos hasta el 87 cuando murió, y esperábamos a mama en el cuarto de los juguetes.

El cuarto de los juguetes era lo máximo, teníamos cuatro libreras llenas de juguetes y un baúl de legos, Fisherprice y play móvil. Ella llegaba a eso de las 7, luego de dar clases y se ponía a jugar con nosotros antes de comer. En las historias había gatos azules, políticos malvados y corruptos, fantasmas y espíritus torturados. Por la noche, ya muy noche –éramos niños desvelados- tocaba la lectura, desde las historias del libro de lecturas del cole –como la del niño que estaba angustiado porque su papá no volvía de la huelga o la historia de la familia que lleva un pavo a cocinar en una panadería el día de navidad y el pavo ¡puf! se encoge-, hasta el Decamerón –sin las escenas eróticas tal cual pero sí medio explicadas-.

Los fines de semana eran aún mejores, sábado de 8 a 12 cursos de cocina mientras mama daba clases, luego el almuerzo y una tarde de juegos. El tío Chichi –que murió en el 94- llegaba por las tardes y fumaba payasos rojos. Por la noche tocaba ensayo, me iba con ella algunas veces a casa de Roberto Peña o al Conservatorio, donde les prestaban las instalaciones del ballet para ensayar. Me sentaba en una esquina y los miraba ensayar. A eso de las 11 o 12 de la noche caminábamos las tres cuadras del Conservatorio a la casa y subíamos las gradas del edificio de puntillas para no despertar a nadie. El domingo tocaba natación de 8 a 12 y luego Pizza Grizzly – la cueva del oso- en la Plaza Vivar. Marcelo y yo dormíamos como lirones por la tarde, pero a veces, cuando había algo en el cine, nos cruzábamos la calle y nos quedábamos en permanencia voluntaria.

Fue una linda infancia. Gracias ma. See you later.

Comentarios

Vania Vargas ha dicho que…
Un abrazo, denisse.
Sandra ha dicho que…
qué lindos recuerdos :)

Abracitos.
Denise Phé-Funchal ha dicho que…
:) danke Sandrix

Lore... no lo publico como me pediste, pero gracias lil´sis.
Nancy ha dicho que…
Hermosos recuerdos
Un abrazo.
Denise Phé-Funchal ha dicho que…
Sip :)>Gracias por pasar vuelva prontus.. diría apu...

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