Rueda


Apenas recuerdo caminar. Por las noches me invaden imágenes de mis pies pequeños, pies de pocos años que tocaban el piso de tierra del cuarto. Caminaba y papá me cargaba, creo que era papá, pero luego dejé de verlo, Papá desapareció. Desde la ventana lo vi alejarse, bajar los caminos del barranco que está al final de callejón. Sólo se escucharon entonces en el cuarto, mis pasos y los de mamá que lloraba por las noches y caminaba de la cama a la puerta, esperando de madrugada, de mañana, al medio día, de noche y de nuevo de madrugada. La señora del cuarto junto al nuestro le hablaba a mamá de una silla, intentaba convencerla de sacarme a la calle. A mí, la calle me gustaba mucho, me gustaba ver la gente pasar. De madrugada me levantaba y me paraba junto a mamá, ella al principio me cargaba, besaba mi cabeza, mis cachetes, pero luego comenzó a enojarse, comenzó a decirme que me parezco a papá, que seguramente la iba a dejar en cuanto creciera, que ella quedaría sola.

La vecina entró esa noche con la silla. Mamá y ella hablaron quedito Algo dijeron de un alquiler y mamá le dio unas monedas. Pocas monedas. Las mujeres se acercaron a mí, mamá me explicó que como papá no estaba debía ser yo quien saliera a trabajar. Me dijo que no importaba que fuera chico, que era mejor, a la gente no le gustaría verme trabajar y que pronto haríamos una pequeña fortuna, unos ahorros para poner una tienda en la ventana del cuarto. Mamá dijo que mi trabajo sería estar sentado en esa silla, y la acercó a mí. Dijo que me sentara, que ella me llevaría por las calles. Esa noche mamá y yo reímos, dimos vueltas por el cuarto con la silla. El trazo de las llantas marcó la tierra de la habitación.

Estar sentado mucho tiempo no me gustaba. Nos íbamos al parque y yo quería bajar de la silla, correr tras las palomas como los otros niños. Quería subirme a la fuente, quitarme los zapatos y mojar los pies. Pero mamá me sostenía con una mano en mi hombro, repetía, cuando sentía mi deseo de pararme, que mi trabajo era estar sentado y que el suyo era alzar la mano a los paseantes, pedirles una ayuda por el amor de dios para que yo pudiera usar mis piernas.

Pasamos los meses de calor, pero el día que cayó la primera lluvia, mamá estaba a unos pasos comprando panes, tuve frío, no quería mojarme y me levanté de la silla, salí corriendo hacia donde estaba ella. El señor de los panes se hincó y abrió los brazos, gritaba milagro, milagro. Mamá me tomó de la mano furiosa, me jaló, me llevó hasta la silla, ordenó sentarme y desaparecimos entre los árboles. No volvería a ver las palomas en mucho tiempo, ni volvería a ver la fuente. El piso de tierra del cuarto absorbió esa noche mi sangre, tragó mis gritos, se robó mis palabras. Mamá descargó su furia sobre mí, gritaba mientras me pegaba con una silla desvencijada, que mi trabajo era estar sentado, qué no entendía por qué yo no entendía que ese, únicamente ese, era mi trabajo. El cuerpo entero me latía, yo ya no podía hablar. Pasé días en la cama, mamá lloraba y me regañaba, decía que yo lo merecía, que había sido mi culpa. La vecina, que llegaba todas las noches por sus monedas, aconsejó a mamá amarrarme a la silla, tapar mis piernas con una colcha, mejor si está sucia. La mujer fue a su habitación y volvió un momento después con una cuerda de tender y una colcha a cuadros gris y olorosa. Le dijo a mamá que cuando me bajaran los moretones y volviéramos al trabajo podría pagarle el alquiler de la colcha, la cuerda la dejaba como contribución.

Mamá me cuidaba, intentaba que mis heridas desaparecieran, pero mi piel no cedía, seguía morada y verde. No volví a hablar claramente, los golpes me desviaron la boca. La mujer de la par decía que eso era perfecto, que así no nos faltaría la comida, animó a mamá a sacarme así, lleno de moretones, ahora casi mudo, y le aconsejó decir que papá me había pegado antes de dejarnos. Por la mañana, la mujer volvió a casa, entre ella y mi madre me cargaron, me sentaron sobre la silla y amarraron mis piernas a las barras de hierro que sostenían el asiento. Le dijo a mamá que no volviéramos al parque, que buscáramos un lugar cerca de comercios, cerca de dónde las personas gastaran su dinero y pudieran sentirse afectados al verme. Los primeros días fui un éxito decía mamá. Las personas que bajaban del supermercado volteaban el rostro al verme, hurgaban entre sus bolsas y bolsillos y ponían en el vaso plástico que mamá extendía, unas monedas que ella escondía al instante –según le había aconsejado la mujer de a la par- y volvía a tender el vaso vacío. Cuando el color verdusco de mi rostro desapreció por completo, cuando mis palabras comenzaban a fluir de nuevo, la gente dejó de depositar dinero en el vaso de mamá y ella comenzó a gritarme de nuevo en la casa, dijo que no estaba haciendo bien mi trabajo. La vecina llegó por su paga y dijo algo al oído a mamá. La mujer se retiró diciendo que podríamos pagarle el alquiler luego. Mamá buscó ansiosa un trozo de madera. Los moretes reaparecieron, las palabras volvieron a perderse, el vaso se llenó de nuevo de monedas.

Apenas recuerdo caminar. Por las noches me invaden imágenes de mis pies pequeños, pies de pocos años que tocaban el piso de tierra del cuarto. Mamá me mantuvo amarrado a la silla hasta que no fue necesario, hasta que los golpes me liberaron de las cuerdas y me entregaron al silencio. Mamá dejó de golpearme cuando las personas comenzaron a evitar mi piel multicolor y comenzamos a ser invisibles, cuando la duda se asomó en los ojos de quienes nos miraban casi a diario. Mamá dejó de golpearme pero las palabras no volvieron. Mamá dejó de golpearme y decía que por eso no podría poner la tienda, que el dinero no sería nunca suficiente, que seguiríamos pidiendo una ayuda por el amor de dios, para llevarme al médico invisible y comprar medicamentos sin nombre.

Mamá discute con la mujer de a la par que le dice que necesita la silla, que alguien más le ha ofrecido un buen alquiler. Mamá replica que casi han pasado treinta años, que la silla es nuestra, pero la mujer se niega a escuchar razones. Mamá le dice que piense en mí, que qué será de mí sin la silla, que cómo haremos para comer, que ella ya está vieja, que está cansada, la mujer responde que ese no es su problema. Mamá y la vecina parecen dos viejas buitres paradas a la mitad del callejón, discutiendo, picoteándose. Mamá me ha dejado acá, a la salida del cuarto. El día cae sobre el barranco, el cielo está amarillo y morado como yo durante años. Mamá y la vecina llegan a gritos, la mujer se aleja, mamá la sigue por el callejón. Las veo alejarse como a papá por el camino empinado, paran a la orilla del barranco, discuten, gritan. Las veo alejarse y el cielo está morado, azul, casi verde. Nunca perdí el movimiento en los brazos, mi única libertad era alejarme unas ruedas de mamá. Atrasarme un poco al atravesar la calle, dejarme ir en algunas rampas para sentir la emoción de la velocidad. Dejarme ir. Como ahora, rumbo a ellas, hacia el barranco, hacia el cielo que se parece a mí.

Apenas recuerdo caminar. Por las noches me invaden…

Comentarios

Vanessa Núñez Handal ha dicho que…
jue, te juro que se me paran los pelos sólo de pensarlo, porque en estos nuestros países bien pueden ocurrir cosas como estas. Como los bebecitos que drogan para que duerman todo el día y pedir dinero. Espantóso, realmente. Pero a qué niveles de hambre hemos llegado también...
Denise Phé-Funchal ha dicho que…
mano, si cuando yo era chica en el portal del comercio se ponían personas quemadas y mirabas cabal la forma de la plancha... terrible
The Black Wizard ha dicho que…
yo lo lei con atención, que terrible pensar que esta es la situacion de mucha de nuestra gente... que bien escrito esta. saludos
Denise Phé-Funchal ha dicho que…
Chas gracias Wizard, es terriblemente humano el asunto... por cierto qué buen blog el tuyo!

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