A más de treinta años (Discurso pronunciado en el lanzamiento de FILGUA 2026)
Hace más de treinta años, como muchos de mi generación y como muchos ahora, sabía poco o casi nada sobre el horror de la guerra. Había crecido entre pedazos de historias y explicaciones incompletas.
Viví la década del ochenta como discursos de domingo y
cadenas nacionales, como el eco de las botas militares que marchaban frente a
casa, como las manos de mi abuela que apretaban más fuerte frente a un camión
del ejército, como el retumbar de las bombas que estallaban en el centro, murmullos
sobre desaparecidos y titulares de prensa que leía sin comprender exactamente
el horror del que hablaban. Aunque no comprendía completamente lo que pasaba, como
niña, percibí en los adultos la esperanza de la transición a la democracia, las
sobremesas en las que se hablaba de Esquipulas, y en los primeros años de
adolescencia sentí en ellos temor. Ahora sé que era porque la democracia
caminaba sobre suelo frágil, muy frágil.
En 1992, con el Premio Nobel de la Paz otorgado a la doctora Rigoberta
Menchú Tum, el silencio comenzó a romperse y en el espacio público, en algunas
aulas y algunos hogares surgieron diálogos, explicaciones, historias,
testimonios. Unos años más tarde, se hablaba de los Acuerdos de Paz y mientras
más cerca estábamos de la firma, la expectativa crecía. Recuerdo con claridad
la emoción del 29 de diciembre de 1996, la alegría colectiva de las calles
llenas de gente intentando acercarse al parque. Se respiraba la convicción
compartida de que algo cambiaba, de que finalmente se tendrían ESAS conversaciones
pendientes.
Treinta años después vale preguntarnos ¿qué hicimos con esa
esperanza?, ¿con la memoria de lo que ocurrió?, ¿qué tanto conocen hoy las
nuevas generaciones sobre uno de los períodos más duros y dolorosos de nuestra
historia?
Durante los años posteriores a la Firma de los Acuerdos de
Paz, hubo una apertura importante. Investigaciones, testimonios, espacios para
conocer y entender el alcance de la violencia vivida por miles de familias, espacios
para dimensionar las consecuencias. Pero hoy, treinta años después, parece que
existe una voluntad de olvidar, como si mirar hacia atrás resultara incómodo,
como si el paso del tiempo borrara, por conjuro, aquello que ocurrió. “Lo
pasado no ha muerto; ni siquiera es pasado. Nos aislamos de él; fingimos ser
extraños.”, nos dice la novelista alemana Christa Wolf en Muestras de
infancia, para reflejar esa tendencia humana a no querer ver el pasado,
sobre todo cuando es horrendo, triste, violento.
Y es precisamente por eso que resulta profundamente
significativo que esta feria esté dedicada a la doctora Rigoberta Menchú Tum,
quien denunció la violación sistemática de los derechos humanos de los pueblos
indígenas. Una mujer que a muchos nos abrió los ojos al horror y la guerra, y
cuya voz también ha contribuido a preservar la memoria y recordarnos que la
palabra puede convertirse en un acto de dignidad, de resistencia y
transformación.
Los libros, especialmente la literatura y las ciencias
sociales, nos ayudan a comprender quiénes somos, nos permiten nombrar. Leer y
escribir no cambian lo ocurrido, no nos devuelven a quienes ya no están, pero
leer y escribir nos permiten comprender, escuchar, nos dan herramientas para
pensar críticamente. La literatura convierte datos en rostros, historias,
personas, experiencias humanas. Leer es una forma de escuchar, de reconocer la
humanidad de los demás. Leer y escribir son formas de impedir el olvido.
También es importante la presencia de Alemania como país
invitado de honor. Celebrar su tradición literaria y su experiencia en la
construcción de la memoria histórica en una sociedad que fue marcada por el
silencio, la destrucción y la necesidad de reconstrucción material y moral.
Para Alemania, la literatura se convirtió en una forma de enfrentar el pasado y
a través de novelas, poemas, testimonios y piezas dramáticas, autores como
Heinrich Böll, Günter Grass, Anna Seghers, Christa Wolf o Jenny Erpenbeck nos
permiten explorar las heridas de la guerra, la responsabilidad individual, la
pérdida, el exilio. Del mismo modo que lo hacen en Guatemala, entre otros, Luis
de Lion, Margarita Carrera, Arturo Arias, Yolanda Colom o Miguel Ángel Asturias
-quien falleció justo un 9 de junio hace 52 años- para ayudarnos a recordar que
la literatura conserva la memoria de las víctimas y contribuye a formar una
conciencia crítica en las nuevas generaciones.
Hoy, con el lanzamiento de esta edición de la Feria de Libro
de Guatemala, abrimos también un espacio para el diálogo y la reflexión.
Que este espacio sea uno para formular preguntas, escuchar
voces diversas, fortalecer la memoria colectiva. Que esta feria nos recuerde
que leer nos permite conocer el mundo, conocernos a nosotros mismos y que
escribir sigue siendo uno de los actos más poderosos para el impedir que el
silencio tenga la última palabra.
Muchas gracias.
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